Un venezolano contra la tauromaquia en España

Alessandro Zara es un activista antitaurino que ha estudiado a fondo el dilema ético entre las tradiciones culturales que comportan maltrato animal y la consideración de los animales no humanos como sujetos de derechos. Aquí sus argumentos

Alessandro Zara viene de Venezuela, uno de los ocho países taurinos, pero fue en España donde se convirtió en activista contra esta tradición

 

a Tomás

Conocí a Alessandro Zara en los ochenta en Caracas, era mi compañero en un grupo de danzas antiguas y estudiaba Letras. Tocaba corno y corneto, era lutier aficionado, trabajaba con su padre en seguros y… era vegetariano. Fue el primer vegetariano con quien hablé, en mi familia argentina comíamos carne todos los días.

Años después lo encontré en Madrid. Una empresa distribuidora de instrumentos de viento se lo había traído con taller, socio y todo para prestar servicio técnico a sus clientes. Vine a hacer un curso en 2005 y él estaba muy bien instalado cerca de la Plaza Mayor. Mi hostal quedaba frente a su negocio.

Alessandro se había convertido entonces en un conocido líder del movimiento animalista, lo saludaban por las calles, daba conferencias, salía en la prensa. Amable y generoso, me llevó a comer en los mejores restaurantes veganos y me informó que J. M. Coetzee —cuyos libros me vio comprar— era vegetariano. Supuse que confundía al escritor con su personaje Elizabeth Costello, nadie serio podía ser vegetariano. 

Así iba todo, un poco tirante pero bien, hasta que me mostró unas fotos donde la policía lo sacaba a rastras de una plaza de toros por interrumpir una corrida. Casi a gritos le espeté que cómo se le ocurría a él, venezolano, meterse en un asunto sagrado de la cultura española. Me contestó que la ablación del clítoris también era un asunto sagrado en muchas culturas, que si me parecía bien, y que si los derechos humanos son universales por qué no lo son los derechos de los animales. Le contesté que los animales no tienen derechos porque no pueden cumplir deberes, me replicó que nuestros bebés y muchos humanos tampoco, pero los protegemos, y me mandó a leer a Peter Singer. Luego me recitó las leyes contra el maltrato animal de esa Europa que yo tanto admiraba. 

Decidí que Alessandro estaba loco de metra y era un terrorista en potencia, pero me percaté de que me había dado unas cuantas estocadas argumentales. Volví a Caracas y me metí las estocadas en un compartimiento estanco. Seguí así hasta que me bombardeó con las intervenciones de Coetzee en Madrid, invitado por Capital Animal y el Centro de Arte Reina Sofía. Entonces cada vez me fue más difícil ignorar lo que la Filosofía hoy llama la cuestión animal, con la que me había cacheteado mandándome a leer a Singer. Descubrí que hasta Derrida y mis admirados Finkielkraut y Steiner escribieron sobre el tema. Tuve que rendirme: Alessandro no estaba tan tostado. 

Sigo sin lanzarme al ruedo, pero ahora las intensidades taurinas del héroe trágico y la muerte me parecen un bluff. Me suenan a charanga y pandereta, a poses relamidas o privilegios para gozar de fondos públicos, a satisfacciones vicarias de rollos narcisistas y sadomasoquistas. Me sentí preparada entonces para sentarme a conversar con mi amigo.

¿Por qué solo te conviertes en activista en España?

Creo que no hay un único factor. Cuando se emigra, o tan solo se visita otro país, se tiende a notar cosas en las que uno no se fija en su país de residencia. Cuando García Lorca viaja a Nueva York, refleja en “Oficina y denuncia” la impresión que le causó un matadero en el centro de la ciudad. Habría podido visitar el enorme matadero de Madrid al lado del Manzanares sin necesidad de ir hasta el Hudson, pero no lo hizo. Un factor fue la omnipresencia, normalización y banalización de la tauromaquia y la caza en España. En Venezuela, uno de los ocho únicos países taurinos, la tauromaquia puede pasar desapercibida. El Nuevo Circo de Caracas es casi contemporáneo a la Plaza de Toros de Las Ventas, la Monumental de Valencia es la tercera plaza más grande del mundo, Venezuela es la patria de Diamante Negro y de los hermanos Girón, pero puedes vivir en allí sin darte cuenta de que hay corridas y toros coleados. En España en cualquier bar de barrio o carretera te encuentras cabezas de toro disecadas y fotos de toreros. Las librerías tienen una surtida sección de tauromaquia. El pueblo más pequeño tiene su Calle de los Toros y en su fiesta no falta por lo menos una capea o un encierro. Los toreros protagonizan la prensa rosa y la farándula y son tertulianos en programas de televisión, hay quien valora más su opinión que la de científicos o politólogos. 

¿Cómo empiezas a participar?

Un día fui a una manifestación antitaurina, llegaba desde Goya hasta la mismísima explanada delante de Las Ventas. Por un par de horas gritamos consignas y cuando iba a terminar la corrida, la manifestación se desconvocó, pues no queríamos coincidir con los aficionados. Tenía que esperar a unos amigos y quedé rezagado. De repente la policía cargó contra los que quedábamos con una violencia increíble. Hicimos la denuncia y empecé a sufrir la impunidad con el mundo de la tauromaquia. En la primera vista del juicio condenaron a uno de los golpeados a indemnizar a la policía. Esto, que funciona a muchos niveles, me indignó. Los medios dedican grandes espacios a la tauromaquia y muy pocos a quienes la condenan. En 2012, se anunció el fallo del Premio Príncipe de Asturias al arquitecto Rafael Moneo, conocido aficionado, y a la filósofa Martha Nussbaum, que afirma que los animales no humanos son sujetos de derechos. En todas las entrevistas a Moneo se le preguntó por su pasión hacia los toros, a Nussbaum nunca por los derechos de los animales. Si ella hubiera tocado el tema, la habrían tachado de pesada, de inmiscuirse con los valores de la cultura española.

Zara, en el centro, irrumpiendo en una corrida junto con otros activistas

¿Hay activismo antitaurino en Venezuela?

Desde hace décadas. Como en otros países, algunos activistas están solo en contra de las corridas, pero no contra el consumo de carne o contra los toros coleados. Otros están en contra de todo maltrato, pero son pragmáticos y siguen una estrategia gradual y firme por cambios pequeños pero significativos. Han trabajado bien, en la sombra, y esto, junto a la desaparición de la afición y el deterioro del país, hace que las corridas se vayan cancelando. Queda mucho por hacer contra los toros coleados, que algunos sectores erigen como defensa de lo autóctono frente a la cultura española. Lo increíble es que, en medio de la crisis política y humanitaria, con la dificultad de obtener divisas para productos de primera necesidad, en años recientes se han importado toros y contratado toreros. Incluso han muerto toros en el transporte y los han reemplazado.

Pero hay mucha admiración por los toros en el medio cultural venezolano, ¿por qué?

En Venezuela se tiene una imagen idealizada de la tauromaquia. Glorias del pasado han contribuido a crear en el imaginario colectivo esa idea. Carlos Raúl Villanueva proyectó la Maestranza de Maracay de 1933. A los pocos días de la inauguración se casó, a su boda asistieron los toreros de entonces y cantaron con Juan Vicente Lecuna. César Girón, de una familia humilde en Choroní, se casó con Danielle Ricard, heredera del imperio de la industria de los licores Pernod Ricard, y bajo la dirección del hijo de ambos se vuelve el pilar económico de la tauromaquia en Francia. Intelectuales y artistas fueron toreros amateurs e inculcaron la afición. La hija de Carolina Herrera estuvo casada con El Litri. Con esos antecedentes ¿cómo podría la tauromaquia en Venezuela no estar envuelta de un halo de leyenda, glamour, romanticismo? El Nuevo Circo es de 1919, tiempo de Gómez y las plazas de Valencia, Mérida y San Cristóbal se construyeron en los años sesenta, signadas por la bonanza petrolera. Los inmigrantes de países taurinos de América Latina asisten a corridas aquí para sentirse parte de la sociedad de su nuevo país, probablemente no habían ido a ninguna mucho antes de emigrar, así que de esa manera se inventan una pertenencia y una nostalgia. 

¿No merece ser conservada la tauromaquia por ser arte, cultura y tradición? 

No niego que la tauromaquia sea y tenga arte, la conozco lo suficiente, pero eso no justifica que se haga sufrir a un animal. Tengo amigos y conocidos taurinos. Probablemente han ido a menos corridas que yo, que me he dedicado a documentarlas. Suelen tener una imagen idealizada. Han visto más corridas por televisión que en vivo. No han oído los mugidos de dolor, terror y desesperación del toro. No han visto y mucho menos olido su sangre de cerca. Han leído poemas y odas a toreros, pero no el Cuento de Ferdinand de Munro Leaf, prohibido por el franquismo. Han visto las películas de Manolete y El Cordobés, pero no The brave one de Dalton Trumbo. En todos los países del mundo hay prácticas crueles hacia los animales, peleas de perros, gallos o carneros, trampas en la caza, carreras brutales, rodeos, explotación desenfrenada. La gran diferencia es que en la mayoría de los países son prácticas de la población marginal, clandestinas, ilegales o cuestionadas, mientras que en España y los demás países taurinos estas prácticas están amparadas por la ley y son patrocinadas y subvencionadas. 

En España hay un pensamiento antitaurino poco conocido, ¿en Venezuela también?

El rechazo a la tauromaquia en España es tan antiguo como la tauromaquia. Pan y toros, el libro de Juan Ignacio Codina publicado por Plaza y Valdés en 2018, recoge ese pensamiento de modo exhaustivo. La lista de personalidades contrarios a la fiesta nacional sería interminable. Pero lo más notable es que el mundo del toro haya logrado presentar a antitaurinos como defensores de la fiesta. Sangre y arena, de Vicente Blazco Ibáñez, se inspira parcialmente en la vida del torero sevillano Manuel García Cuesta, El Espartero, pero no para ensalzar su figura, sino más para denunciar el omnipresente lado oscuro de la fiesta, reflejo de lo peor de la sociedad de su tiempo. Otro caso interesante y curioso es Francisco de Goya, en su juventud aficionado, pero después de la muerte del torero Pepe Hillo su visión de la fiesta cambió. Su monumental serie de grabados, en principio un proyecto comercial para salir de apuros económicos, fue un fracaso de ventas. Como gran artista, Goya no podía evitar reflejar la realidad y la esencia cruel de la tauromaquia, y por eso no se vendió entre los aficionados, y aún menos entre los no aficionados, como esperaban él y su impresor. Goya retrató las corridas como retrató la guerra, no como apología sino como condena, implícita o explícita. En Venezuela se repite el patrón: los intelectuales aficionados siempre están dispuestos a defender la fiesta, y su opinión es difundida y respetada. La opinión de los antitaurinos es muy discreta y los medios son reacios a difundirla. Son interesantes los casos de La vara rota, de Arturo Michelena, o la obra de teatro Mirando al tendido de Rodolfo Santana. La tauromaquia en ellas es una metáfora de la vida y no se puede evitar ver su fuerte crítica. No sé si eran taurinos o antitaurinos, solo sé que esas obras reflejan una condena de la mal llamada fiesta.

¿Hay una gran afición todavía en España? ¿Hay encuestas?

En dos décadas la afición, a pesar de todas las ayudas públicas y del blindaje legal, ha ido disminuyendo. Las encuestas repiten los mismos porcentajes: entre un 75 y un 92 por ciento de ciudadanos no tiene interés, y no ha ido recientemente o nunca a una corrida. Muchos ni las condenan ni aprueban, lo cual es sintomático. Hay eventos con pleno total, pero es que, como hay menos, se llenan los que hay.

La tauromaquia se relaciona con otras tradiciones donde maltratan animales, que abundan en España y en Venezuela, ¿cierto? Esa relación parece no verse.

Que en la tauromaquia la violencia sea admirable hace que en otros casos la violencia se normalice. Las prácticas cinegéticas prohibidas en el resto de Europa aquí son legales. Está la caza con rehalas (manadas de perros persiguen animales en el campo que se rematan a tiros o con cuchillo), la caza con galgo, la paloma a brazo (lanzar palomas al aire como pelotas, para derribarlas con un tiro de escopeta, los niños las sacan del campo a patadas), el tiro al pichón (meten al ave en un cañón de aire comprimido que la lanza como un proyectil y le disparan antes de que pueda desplegar las alas), son todas “prácticas culturales o deportivas” reguladas y avaladas por la Real Federación de Caza, adscrita al Ministerio de Cultura y Deporte. Tirar una cabra o una pava del campanario, arrancarle la cabeza a un ganso, poner bolas de fuego en las astas a un toro. Poco a poco se van prohibiendo, pero si la tauromaquia es legal ¿porque no deberían serlo estas prácticas? En Venezuela hay toros coleados, peleas de gallos, tráfico y consumo de fauna silvestre y varias prácticas crueles.

¿Si hay leyes contra el maltrato animal en España y en Venezuela, por qué no se prohíben con ellas las corridas?

Casi todos los países de Europa tienen leyes de bienestar o protección animal, pero en casi todas las autonomías españolas, se excluye a los bóvidos en la tauromaquia. Se considera que Spain is different, desde que España entró a la Comunidad Europea, y se ha hecho lo imposible para que la excepción se mantenga. Se condena el maltrato a animales, pero se respetan las tradiciones culturales y religiosas de los estados miembros. Hasta en el fallido proyecto de un Tratado para una Constitución Europea de 2004/2005, mantenía esta excepción expresa. En Venezuela también hay leyes y normativas que no se respetan, como era de esperarse. Hay una Ley de Protección de la Fauna Doméstica Libre y en Cautiverio y el Código Penal (artículo 478) sentencia a las personas que causen daños a animales con arresto de 8 a 45 días. Ha habido propuestas de ilegalizar las corridas, pero también se ha dicho que los grupos santeros ligados al gobierno han impedido condenas más claras al maltrato animal. 

En España con la primatóloga Jane Goodall

La tauromaquia en ambos países es un dilema político, pues la cuestión animal es parte de la agenda progresista, mientras que su negación es conservadora. ¿Cómo es en España? 

Es complicado. Hay un conflicto real entre exigencias éticas universales y el respeto de diferencias culturales. Los partidos de derecha han apoyado sin ambigüedad la tauromaquia y la caza, con un discurso de defensa de la identidad o de la libertad y porque es un motor de la economía, dicen. Los partidos de centro y de izquierda son más ambiguos. Los políticos y militantes de derecha siempre han sido explícitos al declararse aficionados, al igual que sus homólogos de centroizquierda. Los antitaurinos son más discretos. La izquierda hoy se sitúa cada vez más en contra de la tauromaquia y alude a la hipotética realización de un referendo en España, que según la legislación actual no sería vinculante.